miércoles, 16 de marzo de 2016

PRIMERAS PREGUNTAS





                                              LAS PRIMERAS PREGUNTAS

     Claudia había experimentado siempre una emoción especial al sentir el contacto de sus pies desnudos sobre la yerba fresca de primavera. El parque no estaba lejos de su casa, el paseo era agradable y lo aprovechaba para saborear unos momentos de sosiego- ¡bien merecidos se los tenía!- después de todo el trajín de llevar la casa y de cuidar de su hijo de 7 años. Aquella hora del mediodía era especialmente agradable para vivir el placer de la quietud solo interrumpida, mejor sería decir confirmada, por el trino de los pájaros que en aquella época del año concertaban sus citas con una variadísima gama de notas de todos los colores. También se sentía acompañada por la tranquila presencia de su hijo.

    Alfonsín miraba con sus grandes ojos azules todo el bullicio y el color que se le ponía por delante pero no tenía, esto saltaba a la vista, las reacciones normales de cualquier chaval de su edad. Cuando Alfonsín tuvo la edad de pronunciar las primeras palabras y éstas no llegaban ni entonces ni más adelante, sus padres decidieron llevarle al pediatra de más prestigio de la ciudad. Este, con palabras claras y sin rodeos les anunció que su hijo era lo que la ciencia llamaba un "autista".

    Los años pasaron y el disgusto grueso del principio fue quedando en una resignación después para al fin, aceptar esta peculiaridad con la naturalidad de la evidencia.

    Su madre sabía que el parque era para Alfonsín algo muy especial y aunque éste no lo decía ni con palabras ni con la alegría de un niño sano, bien lo expresaba con el brillo alegre y comunicativo de sus ojos y con sus temblores de emoción al contemplar los pájaros y las flores. Este era pues el motivo principal para acudir a su cita diaria con aquel trocito de naturaleza hecho casi a su medida.

     Nadie pudo explicar entonces ni, por supuesto, nadie sabe todavía hoy la razón, pero lo cierto es que aquella mañana que, una vez más, estaban madre e hijo absortos en sus ensueños, Alfonsín, como si se tratase de un gesto más de cada día y con una naturalidad sorprendente, preguntaba:

     -Mamá ¿Qué son aquellos animales y qué es lo que están arrastrando?.

    Su madre, entre sorprendida, emocionada y como medio soñando, tuvo la serenidad suficiente para controlar sus propias reacciones y con el más exquisito de los cuidados....

     -Aquellos animales, mi amor, son cuatro caballos tordos que van tirando de una carroza.

     -Y ¿qué llevan en el carroza, madre?

     -Alfonsín de mi vida, llevan....una cajita blanca.

     -Y ¿qué hay dentro de la cajita, madre?

    Quizás la respuesta de la madre no fue la más acertada en aquel momento, quizás tendría que haber encontrado algo mejor, pero ¿quién es capaz de juzgar a una madre en aquellas circunstancias?

     -En aquella cajita blanca, Alfonsín querido, está metido un niño muerto y lo llevan a enterrar.

    - Y ¿porqué se mueren los niños madre?

     Entonces, en aquel preciso momento, se extendió una espesa nube de silencio denso y pesado como el que se produce después de una gran explosión. A esto le sonó a Claudia la pregunta de su hijo.

     Ella quería hablar pero el silencio se hacía cada vez más intenso y pegajoso. Lo envolvía todo, lo penetraba todo con ambición creciente. Primero las flores, las plantas, los árboles, los pájaros y seguía y seguía y así invadía las calles y las casas y la ciudad y los campos. Todo en Claudia era silencio. Nada más que un trágico silencio.

     Alfonsín se metió de nuevo en el mundo hecho a su medida. Le quedaba toda una vida por delante para averiguar si aquella reacción de su madre era debida a la emoción de haberle oído hablar, o simplemente que no había para su pregunta, más respuesta que el silencio.....