sábado, 21 de junio de 2014

TOQUE DE QUEDA

    


                                             TOQUE DE QUEDA

Los rayos de sol de cada mañana la encontraban siempre medio dormida, como esperando que su caricia y calor consiguiesen el milagro de cada día de devolverle aquella alegría y aquel bullicio que formaban parte de su propia identidad. A medida que el sol se levantaba con un ritmo que se diría cada vez más rápido, así lo hacía la ciudad de Cachipango.

Le había tocado vivir unas páginas de su historia llenas de luchas fratricidas, de rencores a flor de piel y de puñados de muertes. Nada ni nadie, no obstante, habían podido arrebatarle sus ganas viscerales, casi patológicas, de vivir. Lo hacía con el frenesí de algo que se puede perder con la inmediatez de unos segundos.

El General Olano estaba en aquellos momentos en el cenit de su poder. Su voz era ley y la justicia la dictaba su capricho de cada momento. Los 15 largos, densos y crueles años de su mandato los había dedicado, entre otras responsabilidades de gobierno, a establecer la intrincada red de intereses entre sus cercanos colaboradores. Eso le permitiría perpetuarse en el tiempo hasta un futuro de generaciones que se perdían en su imaginación.

Juan García - "el Libertador" lo llamaban - en sus horas pequeñitas de solazarse, se dejaba acariciar en sus adentros por la tequila que sacaba las penas y ayudaba a seguir en la brecha.

Caía sin darse cuenta en la nostalgia de su pasado y no podía por menos que sonreír recordando como en sus arengas de revolución inminente, a chufla se lo tomaba la gente: "padrecito ¿y eso pa qué?". Esta frase en su simpleza y en su cortedad resumía fielmente el sentir de un pueblo de un analfabetismo crónico y con un miedo en la sangre que venía transmitiendo de generación en generación desde un tiempo casi prehistórico.

Ahora, después de tantos años de monsergas y ronqueces y de haber ido dejando cachos de vida por los caminos, disponía, por fin, de un ejército de padrecitos rebeldes, de campesinos tristes y de chavales que creían en su revolución. Estaban todos allí, como un sólo hombre, sin uniformes para espantar al enemigo, ni bombas para eliminarle de un porrazo, pero eso sí, con el ánimo fuerte y con la voluntad insobornable de seguir a su héroe hasta las mismas puertas de la muerte si era preciso. Era la suya la revolución de los que no gritan pero lloran por dentro.

Cachipango vivía su esquizofrenia particular. De día se resistía a perder el ritmo de quehaceres múltiples y de trajines de vivir aparentando normalidad. Al caer la tarde - a las siete para ser más precisos - el toque de queda recluía a sus gentes con la puntualidad de un reloj suizo, en sus chabolas de pueblo sometido. Con el calor y la compañía de los amigos fieles pero con el miedo prendido en sus mismas entrañas.

Jorge Paredes (¡bendita juventud!) huyó de su casa para seguir al “libertador”. Con la generosidad de los diecisiete años había decidido entregar su cuerpo y la vida entera si fuese preciso a la revolución. Su cuerpo y su vida entera sí pero su alma no, su alma no la podía ya entregar a nadie porque ya no era suya. Miguelita con su mirada tierna y su corazón loco de enamorada de quince años, hacía ya tiempo que se la tenía robada.

El la quería, la quería con la locura y el desenfreno de entregarlo todo. "Yo te querré siempre" le dijo apasionadamente momentos antes de tirarse al monte. Cuando vio la cara triste de su enamorada, tuvo que explicarle que siempre, era, era...una eternidad de eternidades. Miguelita sabía que quería decir lo mismo pero se quedó más satisfecha. Ahora ya parecía más dispuesta a pasar por la prueba de vivir sin él un día, una semana, un.... no quería ni podía pensar en un plazo más largo.

Miguelita como éste y aquel y el otro y la vecina de enfrente, en las horas de sol seguía su vida de rutinas diarias. La suya era la pintura. Don José, su profesor, que ya se cansó de lanzar mensajes al aire con sus lienzos de colores, regentaba la academia de pintura más prestigiosa de la ciudad.

Ella sentía el arte y quería ahora más que nunca que el retrato de su Jorge, en el que estaba trabajando, fuese compañía y testigo de su amor rotundo.

- Acaba ya Miguelita, déjalo ya que el toque de queda no espera y están ya por dar las siete.
- Solo este pequeño retoque, Don José, y esto estará terminado.

Y este diálogo casi de sordos se repetía una y otra vez en forma tan monocorde que ya se había convertido en la rutina de cada día. Si un día no pasa nada y el otro tampoco, ¿Porqué tiene que venir el peligro al siguiente?. Así razonaba Miguelita dando sentido al dibujo; sacando sombras de penas y poniendo alegría en los ojos de su amor eterno.

- ¡ Miguelita, o te vas ahora mismo a te echo yo de la clase!. ¿No te das cuenta del peligro que corres andando por estas calles después del toque de queda?.

-Pero ¿qué quiere que pase Don José?.
    • -Otro trabajo tienen estos desalmados que perseguir a una aprendiz de artista. Por Dios no se lo diga a nadie, Don José, pero el corazón me dice que Jorge bajará hoy del monte o a lo más tardar mañana a la ciudad y a mi me daría una pena enorme que no pudiese ver su retrato acabado. Me quedan cuatro simples retoques que los despacho en un santiamén.
  •          A las siete y diez de la tarde las calles de Cachipango estaban dramáticamente vacías y con un silencio que explicaba a gritos el terror de la injusticia y el capricho del poderoso. Miguelita con su retrato ya acabado le dió menos importancia que su profesor a aquel retraso en la hora del toque de queda.

Su corazón le lanzó el mensaje de la llegada de Jorge pero en ningún momento le puso al corriente de las ansias del Dictador de dar un escarmiento ejemplarizante a aquellas gentes que cumplían por miedo pero se resistían con todas sus fuerzas de pueblo oprimido a aceptarle como si se tratase de un poder divino.

De la academia de arte a su casa había que atravesar la calle principal y que precisamente por serlo estaba más vacía que nunca. Su presencia alegre y confiada quedaba peligrosamente destacada. Era en suma un blanco ideal para no fallar y así hacer comprender a aquellas gentes que allí no había más que una voluntad y esta era la del General Olano.

Acababa Miguelita de cruzar la calle y estaba a escasos metros del pisito en que vivía con sus padres, cuando el silencio denso y amenazante quedó grotescamente roto por un sólo disparo. Fue más que suficiente para hacer añicos aquellos quince años rebosantes de amor y de ilusiones.

A partir de aquí, los acontecimientos se fueron sucediendo con la trágica rutina de estos casos...Pasó la noche y amaneció de nuevo....

     Era simplemente un día más en Cachipango y el de la limpieza con la misma rutina de siempre recogía las suciedades que genera una ciudad en su vida normal. Hoy, entre escombros, plásticos rotos y trapos mal olientes, se apercibió de un rollo de papel que no parecía, por la pulcritud con que estaba envuelto, ser un candidato más al montón de basuras. Con indiferencia primero pero con una cierta curiosidad después, el barrendero fue abriendo el paquete hasta que descubrió que se trataba de un dibujo. En sus cortas entendederas artísticas le pareció bonito y decidió regalárselo a su compañera.

-Mira Lucinia que cosa más bonita te he traído hoy. ¿Lo ves como el oficio de basurero también tiene sus cosas buenas?. No estoy seguro de si se trata de una obra de arte que quizás, quizás hasta valga mucho dinero. Pero que conste que yo no te la regalo para venderle ¡eh?. Me gustaría verlo colgado en la pared del comedor que tiene más luz

-A ver si es verdad Eufrasio que alguna vez sacamos algún provecho de tu trabajo.

Y Lucinia, deshace el paquete con impaciencia y con la esperanza de quedar por una vez gratamente sorprendida.

No tardó mucho en reflejarse en su cara el desengaño que le produjo la supuesta obra de arte. El retrato no se podía colgar ni en la pared del comedor ni en ninguna parte: De los ojos del dibujo de Jorge se desprendían dos gruesas lágrimas que en su recorrido dejaban una grotesca mancha. Con ellas se mezclaban el carboncillo y las acuarelas que la artista había utilizado para inmortalizar a su enamorado, dejando un rastro de dolor que ellos no podían entender.