viernes, 6 de mayo de 2016

JA SÉ QUE NO EM CREUREU...






Ja sé que no em creureu, però els qui em coneixeu bé sabeu que no dic mentides (o al menys no gaires). El fet és que el dimecres darrer, jo que anava a la babalà per aquests camis estrets i farcits d'ombres acollidores, vaig raure després de giragonces amunt i avall, al bell mig d'un paratge que em convidava a fer-hi una bona estada. El silenci hi era ben present i l'aigua de la font l'acaronava. Vaig seure al banc per aturar un d'aquells instants que es donen poc sovint, amb la millor intenció de treure’n tot el suc que em regalava el moment. Entre la catifa de fulles que geien sota meu, n'hi havia una que contrastava descaradament de les altres: era blanca i no semblava caiguda de cap arbre. La curiositat va poder més que el cansament i la vaig agafar. Després de llegida i rellegida, em van venir ganes de compartir-la. Deia així:



Diario Intimo.

Día 20.326.547

    Era Dios y me aburría. Pensaba con insistencia y con nostalgia en aquellos tiempos en que no había nada, absolutamente nada. Ahora no si arrepentirme o felicitarme por aquel momento solemne, fatídico y sonoro. Recuerdo como si fuese ahora que se me ocurrió dar una fuerte palmada con mis manos divinas: toda la nada explotó de repente y de ellas salió el más inmenso de los castillos artificiales que nadie pueda imaginar. Yo mismo que soy Dios, quedé absolutamente anonadado: estrellas, astros, luces cegadoras que me deslumbraban; soles, lunas y galaxias aparecían por todas partes. Ah! ¡Qué gozada! Aquello SÍ que fue algo, sorprendente, fascinante y divertido. Solo deciros (bueno decirme) que llegué al éxtasis. ¡Una experiencia única, inolvidable, divina!
    Para entender el momento actual de mi hastío divino, intento recuperar con la memoria los primeros tiempos de la creación de Mi obra de arte. Sí, de acuerdo, los dos primeros millones de años fueron de tal intensidad que el goce se me hacía infinito. Después, ¿qué queréis? con el tiempo todo acaba por hacerse monótono.
    Era Dios pero estaba solo. Cansado ya de tantos cielos y espacios infinitos, no se me ocurrió otra cosa que crear otro ser celestial para hacerme compañía. Así, entre dos, podríamos compartir mejor los millones de años y de siglos que nos quedaban en el eterno futuro. Por suerte tuve el acierto de desestimar este proyecto. En un momento de inspiración vi, bien claramente, que si creaba otro personaje, éste, en el peor de los casos habría querido ser, por lo menos, mi secretario y con el tiempo, ¿quién sabe?, incluso usurparme el poder. No, no podía correr el riesgo y es por esto que pensé que era mejor estar solo que mal acompañado.
    Ahora, estas memorias son mi compañía y mi mejor auxilio en mi soledad divina. Son mi soledad y mi compañía, mi consuelo y mi desconsuelo, mi todo y mi nada.
    Hoy hace exactamente trescientos cincuenta y siete mil años que un día como tantos otros días, estaba paseando por mis posesiones siderales. Todavía hoy no sé cómo ocurrió. La cuestión es que en uno de mis rutinarios desplazamientos tuve la mala suerte de tropezar con un minúsculo guijarro. Caí de bruces. Por suerte Andrómeda y Pegaso estaban cerca. Mis reflejos son rápidos y pude apoyarme entre las dos galaxias. Les estaré siempre agradecido dado que me salvaron de lo que podía haber sido un accidente grave (gravísimo tratándose de un Dios como yo).
    Me levanté hecho una furia y con infinitas ganas de venganza. Me costó encontrar el guijarro de marras. Así era de pequeño e insignificante. Por fin, allí estaba, redondo y pequeño como una pelotita de ping pong. Lo cogí entre mis manos con la peor de las intenciones: quería romperlo, triturarlo, aniquilarlo en una palabra.
    Por suerte, ¡divina suerte!, mi furia se fue aplacando poquito a poco (unos cuatro o cinco mil años aproximadamente) y me puse a observar con detenimiento aquella piedrecita que se me escurría entre las manos. ¡Qué suerte la mía, Dios (es decir Yo), cuando empecé a fijarme más detenidamente en mi pequeño juguete!
    ¡Que lección de humildad que estaba recibiendo en aquel momento! Mira tú lo que son las cosas: acostumbrado a las inmensidades de mi patio de recreo sideral, no había reparado nunca en algo tan insignificante como aquella escurridiza bolita que ahora tenía entre mis manos. Me di cuenta inmediatamente: había descubierto un pasatiempo que me podía durar por lo menos, calculaba Yo, unos doscientos mil años más.
    Allí había un sinfín de cosas para investigar. Árboles que solo necesitaban un pequeño soplo mío para agitarse con una furia que lo destrozaba todo. Probé de hundir el dedo meñique de mi mano izquierda en unos pequeños lagos que ocupaban casi todo el espacio de la pelotita, y de inmediato su producían una olas que aunque para mi eran insignificantes, representaban unos peligros terribles, devastadores para aquellos pequeñitos seres que se movían por allí. Gritaban, corrían, imploraban mi presencia…
    Algunos desaparecían entre las aguas y, según me pareció, irremisiblemente para siempre.
    Pensé por unos momentos que lo mejor era no intervenir más en sus vidas. Les dejé solos en sus propios negocios pero no por ello dejé de observarles. Sí, sí, me divertía. No había visto nunca una cosa igual. Era una experiencia única y no sabía cuánto duraría. Había que aprovechar el momento: ¡Carpe Diem!
Por fin, pasadas unas décadas tuve que llegar a la triste conclusión de que si Yo intervenía, les causaba unos problemas terribles: maremotos, terremotos, inundaciones, sequías, volcanes escupiendo bolas de fuego, etc. Basta, dije para mi, basta. Lo mejor será dejarlos solos como hasta ahora y que ellos se las apañen como puedan. Es así como decidí dar otra vuelta por mis posesiones interestelares. En un universo tan extenso como el mío, siempre hay cosas que hacer, entuertos que arreglar, averías que remendar. No se acaba nunca y Yo había olvidado demasiado mis responsabilidades de hacedor y mantenedor del Universo infinito.
Día 20.326.935
    Metí la pata, sí, lo reconozco, metí la pata. Observaba una y otra vez a aquellos seres pequeñitos. Pasaban los días y los años luchando unos contra los otros. Primero con palos, más tarde con hierros largos y bien afilados. Con ellos se atravesaban con gran maestría y los pocos que quedaban en pié se arrastraban medio muertos hasta sus casas. Poco a poco se las fueron ingeniando para aumentar la productividad de sus deseos de destrucción: cañones que vomitaban fuego, vehículos que lo arrasaban todo, objetos volantes que soltaban fardos explosivos y mataban de mil en mil.
    Decía antes que metí la pata porque tan atento estaba observando sus cuitas que no me di ni cuenta de que Yo, a la vez, era observado por alguno de ellos. “¡Dios, he visto a Dios!” gritaba el condenado. “¡He visto a Dios y me ha dicho…!”. Bueno, bueno… A partir de aquí, si las cosas iban mal, ahora irían mucho peor. Como siempre suele ocurrir en estos casos, salió la competencia asegurando que no, que el otro no había visto a Dios sino que el que había visto a Dios, al Dios verdadero y recibido su mensaje divino, había sino él. ¡Ah! Y no se llamaba Dios, se llamaba Aton. Así un día uno y después otro, iban apareciendo personajes que me habían visto (decían). Dios, Yahvé, Brahama, Mitra, Osiris, Ra, Krishna, Aton, Apolo, Zeus y un largo etcétera...
¡Nunca hubiese imaginado que, pobre de mí, tuviera tantos nombres y tantos seguidores que interpretaban mi voluntad!
    Las guerras, antes de que me vieran, eran casi como de juguete pero a partir del momento en que descubrieron mi presencia, aquello….aquello ¡Dios (es decir Yo) la que se armó!
    Se mataban que daba gusto. ¡Con que eficacia y con qué afición se revolvían los unos contra los otros! ¡Dios es amor…Dios es amor! iban gritando en todos los bandos como unos desgraciados, mientras se mataban a trompicones.

    Hasta Yo mismo intenté un par de veces organizar un diálogo entre todos ellos con la mejor voluntad del mundo para que volviesen a aquellos tiempos en que solo se mataban poquito a poco. Fue un verdadero fracaso.
    Despacito y en silencio me fui apartando de mi juguete. Me sentía un poco triste y fracasado. “Esto no lo arregla ni Dios” pensaba para mis adentros. Para darme ánimos a mí mismo, me prometí que cualquier siglo de estos volvería a visitarlos. Les había cogido cariño y no quería perder la esperanza de que quedasen todavía unos cuantos vivos.

A mi, la lectura d'aquets comentaris em van fer pensar. I vaig arribar a una conclusió (vull creure que provisional): "si Ell no ho arregla..."