viernes, 19 de mayo de 2017

El semáforo

    Sonó el despertador y su intuición fue la primera que se despertó: “hoy si, hoy la tengo que ver. ¡Hace ya tantos días que no está al otro lado de la calle!”.

    Como cada día se levanta deprisa, cumple religiosamente su liturgia diaria de hacerse presentable, toma su café con leche bien caliente y sale de su rincón de soltero con la misma precipitación de siempre y también, como siempre, con el corazón batiéndole como un tambor anunciando guerra.

    Sus nervios a flor de piel no los provoca la rutina diaria de ir al trabajo, no. Años lleva ya de los hábitos diarios de una oficina triste llena de colegas tristes y haciendo un trabajo monótono…y triste.

    Antes de cruzar la calle siempre espera que el semáforo se ponga rojo. Esto le da ocasión para esperar si, como otras veces, ella, la de los ojos azules, la de la melena al aire como soñando esperanzas… ella, la de la mirada alegre esta allí, al otro lado a punto de cruzarse con él cuando el verde así lo disponga.

     Por fin!, por fin ella esta allí, enfrente suyo! Esta vez como las otras, sus miradas se cruzan con un silencio de voces profundas.

    El semáforo se pone verde. El se dispone a cruzar . Ella se dispone a cruzar. Ahora a  mitad del camino él, tímido hasta morir, comprende que tiene que decirle algo. Más que eso; es imperioso decirle algo. ¡Hoy o nunca le dice su tambor (corazón)!. Y no puede o no sabe o ambas cosas.

     Con todo su deseo concentrado de años de necesitar amor, se lanza sobre ella y le da un beso tan lleno de pasión como de ternura.

    Ella, horrorizada, de momento no sabe como reaccionar. Pasan unos segundos (siglos para él) y sin pensárselo dos veces ella la da un bofetón en plena cara.

    Es un bofetón, si, pero tan lleno de cariño... tan suave...tan acogedor...

    Y fueron felices y ……